Ana

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– La seguridad es un unicornio al que todos esperan con la lazada preparada, ondulando en el aire, para lanzarla en cuanto crean estar viéndolo. La seguridad es un animal mitológico al que todos quieren domesticar, pero no es real: la seguridad sólo existe en tu imaginación.

Ella escuchaba a su compañero de trabajo con el ceño fruncido pero sin verlo porque en realidad se miraba a sí misma en el reflejo de sus gafas de sol. Tenía la capacidad de hacerla reflexionar, aunque a veces sus metáforas y sus símiles eran retorcidos y demasiado floridos para su gusto. Desayunaba cada día con él, le encantaban esos 30 minutos al sol en la terraza del bar de siempre.

“La seguridad sólo existe en tu imaginación”.

Se vio a sí misma en ese instante, en el reflejo de aquellas gafas y en otros instantes, en otros espejos. Se vio a sí misma tomando decisiones, una tras otra, orientadas siempre a conseguir un ápice de estabilidad, algo donde agarrarse en firme, tejiendo historias durante años, relaciones, actitudes, entramados de seguro y equilibrio. Se vio a sí misma en el pasado, montada en un potro salvaje, aterrorizada, blandiendo una cuerda y agitándola en el aire, oteando el horizonte como podía, buscando el unicornio al que echar la lazada.

Mierda, se había metido de lleno de nuevo en una de las metáforas de aquel loco que tenía por compañero.

Pero sí, creía haber encontrado el unicornio: tenía una casa pequeña e incómoda, pero era suya. Bueno, técnicamente del banco, pero de nadie más que del banco y de ella. Y eso la hacía dormir mejor. Aunque a veces le quitaba el sueño alguna derrama de la comunidad. Y bueno, quizás a veces soñaba con irse a trabajar como voluntaria a Sudamérica, a una escuela, a una ONG… a África incluso. Pero era normal, ¿verdad?

Tenía también a Elías, -pensó mientras le daba un sorbo a su café- que parecía quererla, la dejaba hacer y deshacer, a veces incluso le preparaba el desayuno y de vez en cuando hasta la hacía reír. Ya era más de lo que veía a su alrededor; más de lo que tenían sus conocidas. No tenía motivos para quejarse. Quejarse sería injusto y cruel. Era un buen hombre y la soportaba, ¿quién iba a soportarla si no él? Nadie. Que ella tenía muchos defectos. Bueno, él también, la verdad. Pero ella más, eso seguro. Puede que a veces pensara en Santi, quizás soñara con él, sí. A lo mejor lo veía a veces por la calle y luego nunca era él. ‘A veces’ puede que significara ‘todos los días de su vida desde el último día que se vieron’. Aquel día que aún duele pero que ya no sangra. Pero las cosas tenían que ser así: Santi no aguantaría todo lo que tiene ella que aguantar, pues menudo era. La quería, eso sí, más que nadie, pues seguro, pero aguantarla, ¡ja!, eso habría que verlo. Pero bueno, ¿qué más daba ya? Seguro que ya no la quería y que ni pensaba en ella. Además, alguna vez Elías y ella se habían peleado y, las pocas veces en estos diez años que creía perderle, se sentía morir. Eso era amor, ¿no? Si no, ¿qué? Parecía miedo, pero es que el amor y el miedo a veces son inseparables. Ella estaba mejor así, con su vida a medio gas, ni me muero de amor ni te odio, una cosa vivible, estable, sin mucho susto. Que ella ya tenía una edad. Seguridad. Estabilidad. Unicornio. Lazada.

Había tenido una niña. Una niña preciosa aunque puede que un poco malcriada, pero la quería mucho. Había días que no, que la atormentaban sus berrinches, días en los que dudaba en secreto si ser madre había sido una buena idea. Fíjate si tenía ella que aguantar que a veces se preguntaba si traer a su hija al mundo había sido buena idea, ¿aguantaría eso Santi? Seguro que se le vendría el mundo abajo, que la dejaría si supiera lo mala madre que a veces siente que es. Incluso había días en los que echaba de menos dormir en mitad del día porque sí, salir y entrar sin programarse turnos con nadie, noches en las que le gustaría salir a cenar con sus amigos y beberse una botella de vino sin sentirse culpable, tardes en las que fantaseaba con su vida de no-madre, de no-esposa, sus paseos, lo aleatorio de su ocio, de su tiempo, de su vida. ¿Qué madre mira a su hija y añora irse a Sudamérica a cuidar a otros niños? ¿Qué tipo de persona le dice a su pareja “te quiero” mientras acaba la frase en su mente con un “pero no eres Santi, y a veces te odio por eso”?

Volvió en sí. A su reflejo en las gafas de su compi. Vio su imagen cónica, su pelo despeinado como siempre; en el reflejo no se veían sus patas de gallo, parecía más joven así. Su compañero de trabajo seguía hablándole.

-Al final, te buscas una vida estable para dormir tranquilo por las noches, y un día tu mujer te deja o pierdes ese trabajo asquerosamente fijo que te destroza los nervios y ¿qué haces con todo el tiempo invertido en ellos que no dedicaste a lo que de verdad querías? Comértelo con patatas, Ana, comértelo con patatas.

Ella no dijo nada pero recordó una frase que se le había quedado grabada desde la primera vez que la encontró en un artículo: “No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección… a vivir una vida que no sea digna de ser contada”. Meneó la cabeza suavemente, como la que intenta sin darse cuenta sacudirse las ideas… y los ideales. Dio el último sorbo a su café, cerró los ojos y dejó que el sol de la mañana le masajeara el cuello. Cómo le dolía a veces por culpa de ese ordenador y de esa silla de la oficina. Respiró hondo. El sol le daba paz. Abrió los ojos lentamente y vio una figura que corría por la acera de enfrente. La luz de la mañana se le había metido a traición en sus pupilas contraidas por el instante a oscuras, pero vio claramente a un hombre alto, moreno, con un polo verde como el que se ponía Santi para salir a correr. El corazón le dio un vuelco como siempre que veía a Santi; que creía verlo. El hombre corría con calma pero hacia ellos. Conforme se iba acercando, Ana iba conteniendo más el aliento. Comprobó con una mezcla imposible de alivio y pena que aquel hombre tenía la nariz más aguileña que Santi, y era más alto. No era Santi. Nunca era Santi.

Maldiciéndose una vez más porque el corazón le iba a mil revoluciones, susurró sin entusiasmo:

– ¿Pagamos? Ya son y media.

Imagen: Javi Txuela

Ilustración: Javi Txuela

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7 Comments

  1. Eres una caja de sorpresa, no sabía que escribieras (bueno, escribiste un libro). Ah, la letra morada quizá dificulta su lectura.

  2. Es mi miedo. El vivir sin vivir. La monotonía, la rutina, el conformarme con las cosas. Con la gente. Conmigo misma. El horror es esa vida, pensar el pero no es él, pero no soy yo. Pulso estándar. Uno de mis miedos.

    Precioso.

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