La impostora

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Despertar desperté como cualquier otro día. Pero no me sentía como siempre. El otro lado de la cama estaba vacío, no estaba él. Y él siempre estaba. Jamás se había levantado antes que yo, nunca.

No oía ningún ruido. Él, simplemente, ya no existía. Ni tampoco nada de lo que había existido. Me di cuenta, con un terror hasta ahora desconocido, de que mi mundo -el único mundo que había conocido hasta el momento-, o había sido siempre mentira o había dejado de existir de forma espontánea. Lo supe de forma instintiva porque no sólo faltaba él, es que ésa no era mi cama, ni ésa mi habitación, ni ésas mis manos ni mis piernas. Lucían diferente, las miré con ansiedad y me toqué el cuerpo con nerviosismo, un poco más moreno ahora, un poco más grueso. Di un salto de aquella cama desconocida y me miré frente a un espejo que colgaba de una pared, un espejo que era la primera vez que veía, y lancé un grito de desesperación cuando vi el reflejo que me devolvía: una mujer muy morena de más o menos mi edad, con el cabello negro y liso sustituyendo mis rizos rubios, y unos ojos enormes que me miraban con pánico porque no encontraron los ojos rasgados de siempre.

Abrí con mis nuevas manos el picaporte de la puerta de aquella habitación. ¿Estaba soñando? Si así era, ¿por qué entonces parecía todo tan real? ¿Dónde estaba? ¿Y quién era? Y sobre todo, ¿dónde estaba mi yo de verdad? ¿Estaba en mi antiguo mundo viviendo mi vida de siempre? ¿Me habría vuelto simplemente loca?

Recorrí un pasillo luminoso con un sollozo en la garganta y el corazón a mil. Tenía miedo de avanzar y perpetuar aquella pesadilla, pero también pánico a quedarme quieta y perderme alguna posible salida que me devolviera a mi lugar de origen. Al final del pasillo había otra estancia de la que salía un soniquete que se me antojaba el tono monocorde de algún presentador de telediario. Avancé en silencio por el pasillo, de repente me sentía una intrusa involuntaria en una casa ajena, no quería que nadie me viera y me preguntara quién era o qué hacía allí. Asomé despacio mi nueva cabeza a la estancia de la que salía el sonido, y sí, un hombre del tiempo vaticinaba nieve para ese mismo día. El hecho de que nevara en mitad de julio en mi pueblito del sur me hubiera hecho gritar un ‘¿QUÉEE?’ si no fuera porque nada, absolutamente nada de lo que estaba pasando a mi alrededor casaba con mi vida real. ¿Qué importancia podía tener que nevara en verano cuando mi vida -por anodina que fuera- y mi novio -por muchas dudas sobre el amor que tuviera- habían desaparecido de la noche a la mañana? Literalmente de la noche a la mañana.

– Vaya, sí que te dejó cansada la fiesta ayer, ¡son las dos de la tarde, Emma!

¿Emma? Oí estas palabras detrás de mí, me quedé inmóvil, descalza sobre la moqueta de la estancia, con miedo a darme la vuelta y que el dueño de aquel lugar llamara a la policía al ver que yo no era Emma, que era una extraña en pijama viendo las noticias en mitad de su salón. Pero no hizo falta que me girara, él me alcanzó en dos zancadas. Era un tipo alto, corpulento, con una barba espesa que me sonreía tiernamente.

Me encanta tu cara mañanera de loca, cariño.- dijo riendo.

Y me besó.

Justo seis años y una semana después, tras hacer el amor con Omar y desayunar las tostadas que él me había preparado, me vestí y salí a la calle arrastrando una maletita donde no había una sola prenda para el frío. Sólo serían unos días fuera, un viaje relámpago de ida y vuelta a 1734 kilómetros de allí. A Omar le había dicho que iba a pasar unos días con mis amigas a la montaña, pero lo cierto es que mi destino era un lugar muy diferente.

Cuando aterricé ya casi estaba atardeciendo. En el mismo aeropuerto cogí el autobús de la línea 24, y desde allí, un interurbano hasta el hostal donde había reservado una habitación. Tenía pensado no hacer nada hasta la mañana siguiente, pero una vez en el hostal me di cuenta de que estaba tan nerviosa que no podría pegar ojo si lo postergaba un segundo más, así que me cambié los tacones por unas deportivas y pedí un taxi.

¿Puede esperarme aquí mismo hasta que vuelva? – le pregunté al taxista una vez llegamos a la calle acordada. Sin esperar respuesta saqué dos billetes de 20 y el hombre cerró la boca justo cuando iba a protestar.

Anduve unos metros y giré esa misma calle a la derecha, entonces aminoré el paso. A pesar de que ya casi era de noche, me puso las gafas de sol. No era la primera vez que hacía aquel mismo viaje, pero me prometí -como siempre- que sí sería el último. Me acerqué a la casa de cal blanca que tan bien conocía, aunque me di cuenta al verla de nuevo de que había empezado a olvidar algunos detalles, como la forma en que las bouganvillas colgaban del balcón o la pintura verde desconchada de las rejas. Las veces que había ido hasta allí sólo para mirar nadie había reparado en mí. Al menos que yo supiera, claro. Una vez, hacía unos tres años, me había topado con él y me había quedado muda, casi sin respiración pero, como es lógico, él no me había reconocido, ni siquiera me había mantenido la mirada.

Hice como las otras veces: caminé primero de pasada por delante de la puerta, sin pararme ni mirar fijamente a ningún sitio, para reconocer la situación. Todo estaba como suponía, la calle desierta y la luz de la casa de cal blanca encendida. Estaban allí. Mejor así, no quería perder mucho más tiempo ni gastarme una pasta en el taxi como la última vez. Al cabo de cinco minutos de paseo, volví sobre mis pasos, ahora mucho más lenta. No vi a nadie en las ventanas de la casa de enfrente y ni siquiera pasaban coches por la pequeña calle residencial. Conocer tan bien la zona me daba seguridad a la hora de hacer una u otra maniobra. Paré delante de la que fue mi casa, justo donde daba el ventanal del salón, y me asomé con cuidado. Las cortinas estaban corridas pero no del todo, así que me puse de puntillas para ver mejor entre ellas. Lo que vi sí que no me lo esperaba. No había rastro de ellos, ni de ella ni de él. En el sofá donde tantas siestas había dormido estaba mi suegra (ex-suegra, mejor dicho) alzando en brazos a un bebé y sonriéndole embobada. No entendía nada. ¿Quién era ese niño? Me quité las gafas de sol y me las puse sobre la cabeza para ver mejor. Me acerqué todo lo que pude y me agarré al alféizar del ventanal. Sí, era mi suegra y sí, era un bebé.

Para cuando los oí llegar era demasiado tarde.

– Oiga, ¿qué hace ahí? – dijo una voz de mujer más que conocida. Tan conocida como extraña al oírla, desde fuera, en otra boca.

Ya me había girado. Ya no había marcha atrás. Ya estaba frente a ellos, que me miraban: él enfadado y expectante; ella, que me había preguntado que qué hacía ahí, al verme quedó de repente muda de terror, con aquellos ojos rasgados -que tanto echaba de menos en mi cara- muy abiertos. Era imposible que ella no me reconociera, una no se olvida a sí misma por muchos año que viva. Estaba perdida.

Pasaron unos instantes que me parecieron una eternidad, temía un desenlance caótico donde aquella chica -que se peinaba mi pelo de una forma extraña y vestía unas ropas que yo no me hubiera puesto ni loca- se ponía a gritar y me pedía que le devolviera su vida. Se me mezclaron la culpa de no haber vuelto a por él y el miedo a que ella me obligara a justo eso mismo: volver.

Pero mientras él repetía una y otra vez que exigía una explicación, vi en los ojos rasgados de ella una súplica silenciosa. Con una sensación agridulce descubrí en aquella mirada que ella tenía mi mismo miedo; miedo a perderlo todo. Miedo a perder lo que sin querer había encontrado. Tanto miedo que estaba a punto de llorar.

– Perdónenme – dije finalmente- creo que me he confundido. Busco el número 33, a un médico de familia con dos hijos que vive en esta calle. Como ya es tarde no quise llamar al timbre sin estar segura.

Él, que durante cuatro años y ocho meses compartió cama, gastos y la vida conmigo, señaló, sin quitarme ojo, calle abajo, con ese gesto tan suyo de ‘mira, no te creo, pero tampoco tengo ganas de saber la verdad’. Esa cara que vi tantas veces porque yo solía mentirle. Ambos creímos siempre que mi problema era que me gustaba mentir, pero yo ya sabía que no, que lo que no me gustaba era él. Ahora lo sabía, porque yo no había vuelto a mentir.

Di las gracias y las buenas noches a aquella pareja que ahora, más que nunca, se me hacían extraños y lejanos. Como si algo en el mundo pudiera parecerme ya extraño después de todo.

Volví al taxi aguantando las ganas de llorar. De llorar de alivio. O de felicidad, no sabría decirles. No sabía qué pasaría con mi vida mañana o dentro de diez años, no sabía dónde amanecería ni con quién. Había aprendido a no dar nada por hecho. De lo que sí estaba segura era de que nunca más volvería a aquel lugar; allí ya no había nada mío ni tampoco yo tenía ya nada de nadie.

Ilustración de @Javi_Txuela

Ilustración de @Javi_Txuela

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6 Comments

  1. Me he planteado una situación mil veces, e incluso intenté escribirlo una vez. No fui capaz de hacerlo de forma tan clara y concisa como lo has hecho tú ahora.

    Muy bueno Barbi, me ha encantado.

  2. He leido otros relatos tuyos y he de decir que a diferencia de ellos, aqui haces sufrir al lector y no poco. Aunque se adivine cierta direccion en los sucesos, tiene algo de caotico, y tanto incertidumbre como miedo dominan asta ese desenlace tan bonito. Un viaje necesario? Eres muy valiente, Barb!
    Espero que en el futuro siempre amanezcas con quien desees y no te encuentres de nuevo mintiendo.
    Un beso

  3. Muy buena y con calidad. No abunda.

    Una vez quise escribir la historia de un payaso que entraba a trabajar en la pista de un circo. El aforo estaba completo y al pisar la pista los focos le cegaban y apenas podía ver el rostro de su público infantil.
    Salió a la pista con decisión y gritó: ¡¡¡ ¿¿¿ Cómo están ustedes ??? !!!,
    y se encontró que la multitud enfervorizada le chilló: ¡¡ LOCAS Y LOCOS !!, ¡¡ LOCAS Y LOCOS !!, ¡¡ LOCAS Y LOCOS !!

    Gracias por tu historia

    Gracias

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