La maldición del mar

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       Los que crecen junto al mar conviven con una maldición latente. Una maldición que aparece sólo cuando osas alejarte de él. Los que crecen junto al mar casi pueden oír a las olas al marcharse, enfurecidas: ‘¿quién te crees que eres?’.

Cuanto más tiempo y más lejos están del mar, con más fuerza se anuda la maldición a su caja torácica. Al principio no la notarán, sólo será un suspiro. Pasarán tranquilamente los días, pero los meses les pasarán a ellos por encima, y la maldición los inundará tan poco a poco que no se darán ni cuenta de que sus pasos pesan ahora más y que el hilo de sus pensamientos ya no vuela a tejerse con otros, sino que se arrastra por un terreno viscoso. Verán cómo los suspiros del principio se irán convirtiendo en baúles que cargar cuesta arriba.

Hasta que un día hacen la maleta a toda prisa con cualquier excusa, creyendo que ésos son ellos tomando decisiones; que tienen el control. Pero las bragas metidas sin doblar, el taxi que toman hacia la estación en vez del metro y el desodorante olvidado en el armario les confiesan, mientras van mirando por la ventanilla del tren o del avión, que ese viaje relámpago de apenas unos días no lo han planeado ellos, que ni siquiera fue idea suya. Ellos sólo son el vehículo que necesita su nostalgia para calmar la maldición, para volver a ver el mar y oler la sal, para parar el hormigueo de sus pies enterrándolos en la arena, para tocar el agua y que el agua pueda tocarlos a ellos, para que el sol tibio del invierno o el matador del verano evaporen la tensión que la maldición del mar ha ido poniendo en sus músculos desde el día en que osaron irse.

Y se dan cuenta de que vuelven para sanarse. Vuelven para poder volver a marcharse.

ilustración: Javi Txuela

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9 Comments

  1. Me encanta que recuerdes escribir por puritito placer, en ese aspecto te echo de menos, Barbi…

    Eso que les pasa a los que crecieron junto al mar se parece a lo que les ocurre a los que crecieron en el campo y tuvieron que ir a la ciudad. El olor a tierra mojada, el sonido de la brisa a través de las hojas de los árboles, el silencio interrumpido por el sonido de los pájaros… uno no puede evitar huir del asfalto para acudir a la llamada.
    Hala, ahora se lo cuentas a los de la DGT cuando hay operación salida, ja ja ja.

    Besotes.

  2. Y sin haber nacido cerca. Sin haber crecido cerca. Hay algo que nos ata al mar, a la mar. Es precisamente cuando todo está tan gris que pienso “para qué ir…” el momento en que saltan las alarmas y salto hacia allá, con esas bragas sin doblar, como si estuviera a punto de perder algo muy importante si no lo respiro de inmediato.

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