La verdad es ésta

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La verdad es ésta: Una no elegía pensar en colores, es que Una no sabía pensar de otra forma. Tampoco es que reparara en ello de forma consciente, como se pueda reparar en la manía de otro o en una nueva peca propia. Una coloreaba pensamientos instintivamente en función de los sentimientos que le provocaran. ¿Acaso no lo hacían todos? -podría haberse preguntado si alguien se lo hubiera hecho notar-. Gris para los recuerdos nostálgicos, amarillo para los furiosos, púrpura sólo para los más felices.

En los pensamientos que le dedicaba a Gus, su hermano mayor, siempre predominaba el rojo, y sí, de verdad le quería, por mucho que de niños los rojos se le hubieran mezclado a diario con los amarillos. El hecho es que el rojo se fue apropiando de la mayor parte de los pensamientos que atañían a Gus conforme se iban haciendo adultos. Diferentes tonos de rojos, a veces pálido, a veces sangrante.

Como a mucha gente le -nos- ocurre, Gus tenía una vida interior mucho más florida que la real, por eso se sumía en sus pensamientos más a menudo de lo que al resto de su entorno le gustaría. Una se reía a veces de él cuando tardaba dos o tres intentos en atender cuando se le llamaba. “Para tu próximo cumpleaños te voy a regalar una sonda y te alimentaremos por ella, así no hará falta ni que te sientes a la mesa”, decía entre risas. Entonces Gus la cogía como si fuera un fardo, se la echaba al hombro y recorría el pasillo gritando: “Mamá, ¿dónde te pongo la leña? ¿la echo al fuego?”. Y a Una se le atragantaba la risa y se le inundaba la cabeza y la vista de rojos y púrpuras.

La madre de Una y Gus estaba siempre tan ocupada con su vida exterior que cuando por las noches se sentaba frente al televisor con su familia, miraba con los ojos vidriosos la pantalla sin ver, oía las risas de sus hijos de fondo, como una lluvia densa amortiguada por un cristal, agradable pero lejana. La madre estaba allí con ellos pero no estaba, porque su otro ella caminaba por un sendero entre palmeras inclinadas por la fuerza -durante años- del viento. Conocía el camino, por entre pensamientos y dunas, hasta un rincón en una playa de una isla -no le pidamos que la señale en un mapa porque a lo mejor necesitamos más planos de otros mundos- de donde colgaba, entre dos troncos gruesos, una hamaca de hilo blanco y cojines mullidos color lima; tenía una peculiaridad su hamaca y es que era imposible no quedarse profundamente dormido en ella. La brisa le tostaba la piel, el sol calmaba sus runrunes y el balanceo de la hamaca le traía recuerdos antiguos difuminados por medio siglo.

El padre de Gus y Una la llamaba con suavidad, cada noche: “Te has vuelto a quedar dormida en el sofá, Lúa, mi amor”. Y Lúa lo miraba cada noche sin saber dónde estaba ni quién era este hombre. Segundos de dulce confusión, de trance entre el sol y la noche, el lima de la hamaca y el marrón ajado del sofá. Entre la soledad de una isla y la multitud de su familia.

Él le preparaba la cama, sabiéndola cansada después de lidiar con el día a día, y la ayudaba a acostarse entre sueños. La besaba en la frente, amoroso, y la miraba respirar profundamente, sin preguntarse dónde estaría realmente, dónde está cada noche. Luego cogía su móvil y mandaba el último SMS del día a la mujer a la que amaba y a la que en unas horas daría los buenos días, vía SMS. Empezó perdiendo contra ella cientos de partidas de ajedrez online y hablando de vez en cuando de movimientos ingeniosos, de torres y caballos para acabar hablando cada día de cualquier cosa menos de reinas o peones… de hecho, ¿podría hacer ya un par de años que no jugaban una partida de ajedrez? Ahora nada importaba, ni las partidas, ni la casa donde vivía ni la cama donde dormía, lo único que le hacía revivir era Zoe, la mujer a la que no podía tener porque mujer ya tenía.

A Zoe siempre la podías encontrar en el rastro de Madrid, en los bares de Malasaña, en las aceras, en los sitios donde había ginebra. Trabajaba sin descanso para huír de sí misma, para no quedarse a solas con ella y su dolor por él. Zoe, que siempre fue alegre, se iba marchitando por la frustración de tener algo intangible, o lo que es lo mismo, de no tener nada en absoluto. Y la frustración se volvió rabia, y la rabia odio, y el odio nostalgia, y la nostalgia indiferencia.
Pero contra todo pronóstico y cuando ya sus amigos murmuraban entre ellos -o para ellos- que la risa de Zoe no era ya suya y que el corazón parecía latirle por inercia, Zoe volvió a reír, volvió a sentir, volvió a vivir en los brazos de Loy.

Loy era silencio. No necesitaba hablar para expresarse, para que Zoe le entendiera. Loy sabía mirar de ciento veinte formas, sabía sonreír de mil, sabía hasta casi sonreír, sabía hacer malabares entre la sonrisa y la risa, entre la risa y la carcajada. Sabía, sabía y sabía. Y Zoe entendía. Podían pasar horas en la misma habitación, leyendo, besándose o haciendo el amor y hasta la guerra sin cruzar palabra. Y ni siquiera eran conscientes de lo silencioso de sus yos. “Ahí no vive nadie”, dijo una vez una vecina señalando la puerta de Loy. Cuando Zoe se lo contó, contrariada, él enarcó una ceja, luego frunció el ceño… suspiró y la besó, le daba igual el mundo, le daba más Zoe.

Y unos años después, el día que Zoe echó a volar desde el mismo sitio donde había aterrizado y encontró su nota de despedida sobre el tablero de ajedrez, Loy tampoco dijo nada. Se sentó en el borde de su cama, releyó mil veces la nota -lentamente, como si en alguna de las lecturas la carta fuera a decirle que todo había sido un error, una confusión, que no, que no se había ido-, cerró los ojos y lloró sin sollozar, como lloran las musulmanas en los duelos, Loy parecía seguir las reglas islámicas, llorando sin llorar, llorando sin sonar. Y así estuvo… él no sabe el tiempo, y si no lo sabe él, nadie puede saberlo… hasta que el dolor del hambre le hizo salir de la habitación y arrastrarse hasta la nevera.

Kim, que en su vida se tiñó el pelo de ningún color y juró que ahora que su pelo era gris no cambiaría de parecer, se encontró a Loy bañado por la luz del frigo y dio un paso atrás, como si hubiera visto un espíritu. ¿Quién no diría que Loy lo era? Pálido y ojeroso, con el pelo revuelto y vestido tan sólo con una bermudas blancas, miraba el interior del frigorífico como si hubiera un horizonte inmenso imposible de abarcar: la mirada perdida, la expresión abatida, los hombros caídos. Kim sabía que Loy había perdido algo. No sabía qué o quién, pero su luto era palpable desde el salón, a través del pasillo. Kim, que siempre sacudía los rodapiés golpeándolos con un trapo como si realmente fueran peligrosos, los limpió entonces despacio, como si la preocupación le restara newtons. De todas las casas que limpiaba ésta era su favorita porque era como limpiar para sus hijos, y es que Loy y su compañero de piso tenían la edad -o al menos eso creía ella, que siempre fue muy buena echando años- de su hijo pequeño, el único que le quedaba ya en casa.

Kim siguió yendo, semana tras semana, a la casa de Loy. Él dejaba el dinero en la mesa de la cocina sin decir palabra y se despedía de ella con una sonrisa tímida.

La última vez que Kim fue a limpiar a casa de Loy, sonó el portero automático con pequeños toques enérgicos. Ella se sobresaltó. Abrió la puerta y encontró a una chica menuda con el pelo corto como un chico, hoyuelos incluso sin sonreír y los ojos grandes, como si estuviera sorprendida constantemente. Se presentó y dijo que venía a ver la habitación que había quedado libre y Kim se preguntó si la chica no se habría confundido de piso.

Loy apareció sin hacer ruido, como siempre. Y se disculpó. “Es que me voy, Kim”.
Se iba. Quizás de la ciudad, quizás del país. Y Kim pensó que lo que Loy quería era irse de Loy una temporada. Kim siguió con sus quehaceres sin decir nada, no era asunto suyo aunque sintiera que nada en el mundo justo en ese instante podría ser más asunto suyo que aquello.

Loy miró a la chica que ocuparía su habitación con timidez, la invitó a pasar dentro de la casa con un movimiento de la mano. Ella no dejó de mirarlo con aquellos ojos que no sabías si estaba asustada o sorprendida porque tú eras el primer humano con el que se cruzaba. Esa mezcla de timidez y ternura hizo que Loy necesitara hacerla sentir cómoda, tranquila, serena. Así que habló. Le contó despacio cuál era su habitación, el baño, los vecinos, los pros, los contras y hasta bromeó sobre los cuadros colgados de las paredes, pintados por él mismo, “no son gran cosa, como puedes ver, pero son míos y me los llevo”. Ella suspiró, mostrando un alivio exagerado por librarse de ellos. Él rió. Por primera vez en mucho tiempo Loy soltó una carcajada y siguió hablando. Y habló. Y habló. Y ella, a pesar de que Gus estaba abajo esperándola en doble fila, escuchó y escuchó.

Todos los tonos de púrpura decoraban la habitación, hubiera jurado que sí.
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