Libélulas

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Leía despacio, arrastrando el dedo índice sobre las palabras impresas en aquellas hojas amarillentas. Línea por línea. Absorbiendo cada significado, intentando retenerlo. A veces repetía en voz alta las frases que mejor sonaban. A veces sólo susurraba palabras sueltas.

A veces se sumergía en la historia que aquel libro le contaba. Otras sólo recorría con sus ojillos las letras que se organizaban para formar palabras que la estremecían especialmente. Como “libélula” o “zigzagueante”. Perdía, de vez en cuando, el hilo argumental, porque siempre había palabras que la abstraían, que la llevaban a otros lugares. “Libélula” la sacaba de aquella habitación oscura donde estaba recluida para llevarla en volandas a campos de trigo soleados, donde no existía el sonido, ni el tiempo, ni el resto del mundo. Cerraba los ojos y se dejaba mecer con la brisa que hacía danzar las espigas. Su pelo comenzaba a moverse al mismo son que el trigo, lo sentía sobre sus hombros desnudos y sobre su frente el flequillo. Algunas libélulas se posaban sobre la punta de las vainas que vibraban más altivas. Otras revoloteaban a su alrededor, con púrpuras y verdes que sólo una libélula puede poseer, y parecía como si deliberaran sobre la pertinencia de posarse o no sobre la punta de su nariz.

Y entonces volvía -unas veces voluntariamente, otras atraída por algún ruido al otro lado del tabique de aquel cuarto-, a las líneas de su libro. Y seguía deslizando el dedo por más y más frases. Y se detenía en “lianas”, “garganta”, “arena”… Y las horas se le iban caminando por puentes que colgaban de un hilo sobre cascadas. O sobrevolando países arrasados por la guerra, en mortal silencio, donde nadie pedía ayuda porque no quedaba nadie con voz. O sentada en un minúsculo punto perdido de un desierto no descubierto aún. Tan desconocido que ni los oasis sabían de su existencia. Sólo ella -diciendo en voz alta “arena”, cuidando cada letra, soltando aire en la segunda sílaba, sosteniendo la lengua en el paladar en la tercera-, conseguía que el desierto tomara forma. Y aprovechaba para dejarse bañar por los rayos de sol que le llegaban, sintiendo sin duda alguna el peso del calor sobre su cara.

Aquí tienes la cena, Julia.

Decía a veces una voz que ya conocía. Una voz que no tenía cara. Una voz que siempre salía por la rendija de la puerta de hierro que le cerraba el paso al exterior. Acto seguido, aquella rendija se abría y un bandeja gris con dos agujeros llenos de algo parecido a comida aparecía en el suelo de cemento de la habitación. A veces parecía arroz, otras parecía sopa, otras… no lo sabía, porque a veces no se levantaba de su rincón para comprobarlo.

De todas formas, Julia no estaba segura de si aquella habitación era real, de si aquella voz sin cara se la estaba imaginando o de si aquella bandeja era realmente tangible. Le gustaba pensar que no. Prefería creer que donde estaba realmente era en esos otros lugares, y que a aquella habitación sólo llegaba con su imaginación.
Era eso, y sólo eso, lo que la mantenía con vida.

Ilustración @Javitxuela

Ilustración @Javitxuela

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